jueves, 25 de junio de 2015

EL CRIMEN CASI PERFECTO I ROBERTO ARLT

La coartada de los tres hermanos de la suicida fue verificada. Ellos no habían mentido. El
mayor, Juan, permaneció desde las cinco de la tarde hasta las doce de la noche (la Sra
Stevens se suicidó entre siete y diez de la noche) detenido en una comisaría por su
participación imprudente en una accidente de tránsito. El segundo hermano, Esteban, se
encontraba en el pueblo de Lister desde las seis de la tarde de aquel día hasta las nueve del
siguiente, y, en cuanto al tercero, el Dr Pablo, no se había apartado ni un momento del
laboratorio de análisis de leche de la Erpa Cía.donde estaba adjunto a la sección de
dosificación de mantecas en las cremas.
Lo más curioso de caso es que aquel día los tres hermanos almorzaron con la suicida para
festejar su cumpleaños, y ella, a su vez, en ningún momento dejó de traslucir su intención 
funesta. Comieron todos alegremente; luego, a las dos de la tarde, los hombres se retiraron.
Sus declaraciones coincidían en un todo con las de la antigua doméstica que servía hacía 
muchos años a la señora Stevens. Esta mujer, que dormía afuera del departamento, a las 
siete de la tarde se retiró a su casa.
ROBERTO ARLT

La última orden que recibió de la señora Stevens fue que le enviara por el portero un diario 
de la tarde. La criada se marchó; a las siete y diez el portero le entregó a la Sra Stevens el 
diario pedido y el proceso de acción que ésta siguió antes de matarse se presume lógicamente 
así: la propietaria revisó las adiciones en las libretas donde llevaba anotadas las entradas y 
salidas de su contabilidad doméstica, porque las libretas se encontraban sobre la mesa del 
comedor con algunos gastos del día subrayados; luego se sirvió un vaso de agua con whisky, 
y en esta mezcla arrojó aproximadamente medio gramo de cianuro de potasio. 
A continuación se puso a leer el diario, bebió el veneno, y al sentirse morir trató de ponerse
de pie y cayó sobre la alfombra. 
El periódico fue hallado entre sus dedos tremendamente contraídos.


Tal era la primera hipótesis que se desprendía del conjunto de cosas ordenadas pacíficamente 
en el interior del departamento pero, como se puede apreciar, este proceso de suicidio esta 
cargado de absurdos psicológicos. Ninguno de los funcionarios que intervinimos en la
investigación podíamos aceptar congruentemente que la señora Stevens se hubiese suicidado. 
Sin embargo, únicamente la Stevens podía haber echado el cianuro en el vaso. El whisky no 
contenía veneno. El agua que se agregó al whisky también era pura. Podía presumirse que el 
veneno había sido depositado en el fondo o las paredes de la copa, pero el vaso utilizado por 
la suicida había sido retirado de un anaquel donde se hallaba una docena de vasos del mismo 
estilo; de manera que el presunto asesino no podía saber se la Stevens iba a utilizar éste 
o aquél. La oficina policial de química nos informó que ninguno de los vasos contenía 
veneno adherido a sus paredes.

El asunto no era fácil. Las primeras pruebas, mecánicas como las llamaba yo, nos inclinaban 
a aceptar que la viuda se había quitado la vida por su propia mano, pero la evidencia de 
que ella estaba distraída leyendo un periódico cuando la sorprendió la muerte transformaba 
en disparatada la prueba mecánica del suicidio.
Tal era la situación técnica del caso cuando yo fui designado por mis superiores para 
continuar ocupándome de él. En cuanto a los informes de nuestro gabinete de análisis, no 
cabía dudas. Únicamente en el vaso, donde la Sra Stevens había bebido, se encontraba 
veneno. El agua y el whisky de las botellas eran completamente inofensivos. Por otra parte,
la declaración del portero era terminante; nadie había visitado a la Sra Stevens después 
que él le alcanzó el periódico; de manera que si yo, después de algunas investigaciones 
superficiales, hubiera cerrado el sumario informando de un suicidio comprobado, mis 
superiores no hubiesen podido objetar palabra. Sin embargo, para mí cerrar el sumario 
significaba confesarme fracasado. 

La señora Stevens había sido asesinada, y había un indicio que lo comprobaba:
¿dónde se hallaba el envase de veneno antes de que ella lo arrojara en su bebida?



Por más que nosotros revisáramos el departamento, no nos fue posible descubrir la caja, el 
sobre o el frasco que contuvo el tóxico. Aquel indicio resultaba extraordinariamente sugestivo. 

Además había otro: los hermanos de la muerta eran tres bribones.

Los tres, en menos de diez años, habían despilfarrado los bienes que heredaron.
Actualmente sus medios de vida no eran del todo satisfactorios.
Juan trabajaba como ayudante de un procurador especializado en divorcios. Su conducta 
resultó más de una vez sospechosa y lindante con la presunción de un chantaje. Esteban 
era corredor de seguros y había asegurado a su hermana en una gruesa suma a su favor,; 
en cuanto a Pablo, trabajaba de veterinario , pero estaba descalificado por la Justicia e 
inhabilitado para ejercer su profesión, convicto de haber dopado caballos. Para no morirse 
de hambre ingresó en la industria lechera, se ocupaba de los análisis.

Tales eran los hermanos de la señora Stevens. 

En cuanto a ésta, había enviudado tres veces. El día del “suicidio” cumplió 68 años; pero 
era una mujer extraordinariamente conservada, gruesa, robusta, enérgica, con el cabello
totalmente renegrido. Podía aspirar a casarse una cuarta vez y manejaba su casa alegremente 
y con puño duro. Aficionada a los placeres de la mesa, su despensa estaba provista de vinos 
y comestibles, y no cabe duda de que sin aquel “accidente” la viuda hubiera vivido cien años

Suponer que una mujer de ese carácter era capaz de suicidarse, es desconocer 
la naturaleza humana. 

Su muerte beneficiaba a los tres hermanos con doscientos treinta mil pesos.
La criada de la muerta era una mujer casi estúpida, y utilizada por aquélla en las labores 
groseras de la casa. Ahora estaba prácticamente aterrorizada al verse engranada en un 
procedimiento judicial.


continúa en II parte. 



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