viernes, 12 de junio de 2015

PARACELSO y el HOMUNCULO

La inspiración del Dr. Frankestein es una obra que nos llega en épocas 
bastante recientes, porque el deseo o la obsesión del hombre por crear
 otros hombres (Homúnculos = hombres artificiales, pequeños creados
por científicos) estuvo presente desde el principio de los tiempos.
Con respecto a esta obsesión pura y exclusivamente masculina me
hubiese gustado que Freud nos libere ya de tanto complejo de
castración y envidia del pene, para hablar un poco sobre la envidia
del útero. Sin ofender a nadie. Habría que reveer ciertos mitos y
teorías, antes de seguir memorizando como autómatas en escuelas
y universidades. Creo que son conceptos caducos que a la luz de
hechos que hoy conocemos ameritan otra visión más justa. 
Pero volviendo al sueño del útero, Paracelso no fue el primero.
 
Mucho antes del Homúnculo de Paracelso fueron hallados
algunos escritos del tiempo de Alejandría Siglo III que 
describían cómo algunos hombres valiéndose de herramientas
trataban de animar estatuas. ¿ Hasta dónde habrán llegado?

Como toda esta información circuló entre alquimistas, magos
sociedades secretas, etc. poco podemos saber, pero no cuesta
nada especular. Paracelso gran médico y alquimista habría
creado a un Homúnculo, un ser pequeñito de unos 30 cm.
con algunas características humanas. Incluso llegó a dar la
fórmula a varios alquimistas de la época. 


Pero como el hombre pese a tener un gran corazón y
mejorar las condiciones de vida de trabajadores muy
humildes, tenía un ácido sentido del humor, nunca
se supo si fue cierto. Según su teoría la materia
prima sería barro, fluídos como semen, cabellos y 
partes del animal que se deseaba hibridar y al cabo de
unos 40 días, ahí estaba el pequeño hombrecito. Se
dice que rebelado contra su creador una noche huyó.

Estos seres estaban dotados de cierta autonomía y
repetían funciones básicas, pero supuestamente no
tenían Alma. En un tiempo se creyó que los vapores
que emanaban de los laboratorios de los alquimistas
-especialmente el mercurio- podrían provocar severos
daños cognitivos y nerviosos. 
Se dice también que el mismo San Alberto Magno
tenía su autómata, pero que este estaba dotado de la
facultad de hablar y lo hacía en exceso, a tal punto que
exasperó a Santo Tomás de Aquino.


Y Santo Tomás ni lento ni perezoso desarmó pieza
por pieza a ese ser diminuto en el cual veía una
obra diabólica. 

 

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