viernes, 15 de mayo de 2015

R A G N A R Ö K

En los sueños (escribe Coleridge) las imágenes figuran las impresiones 
que 
pensamos que causan; no sentimos horror porque nos oprime una 
esfinge, 
soñamos una Esfinge para explicar el horror que sentimos.

 Si esto es así :

¿Cómo podría una mera crónica de sus formas transmitir 

el estupor, la exaltación, las alarmas, la amenaza

y el júbilo que tejieron el sueño de esa noche?


Ensayaré esa crónica, sin embargo; acaso el hecho de que una sola 
escena integró aquel sueño borre o mitigue la dificultad esencial.
El lugar era la Facultad de Filosofía y Letras; la hora, 
el atardecer.
Todo (como suele ocurrir en los sueños) era un poco distinto; una
 
ligera 
magnificación alteraba las cosas. 


Elegíamos autoridades; 
yo hablaba con Pedro Henríquez Hureña, que en la vigilia ha 
muerto hace muchos años. Bruscamente nos aturdió un clamor de 
manifestación o de murga. Alaridos humanos y animales 
llegaban desde el Bajo.

 Una voz gritó:   ¡ Ahí vienen ! .....Y después


¡ Los Dioses !      ¡ Los Dioses ! 

Cuatro o cinco sujetos salieron de la turba y ocuparon
 la tarima  del Aula Magna


Todos aplaudimos, llorando; eran los dioses que volvían al cabo de
 un destierro de siglos. Agrandados por la tarima, la cabeza echada 
hacia atrás y el pecho hacia delante, recibieron con soberbia nuestro 
homenaje. Uno sostenía una rama, que se conformaba, sin duda, a la 
sencilla botánica de los sueños; otro, en amplio ademán, extendía una 
mano que era una garra;una de las caras de Jano miraba 
con recelo el encorvado pico de Thoth.

 Tal vez excitado por nuestros aplausos, uno, ya no sé cuál, 
prorrumpió en un cloqueo victorioso, increíblemente agrio,  
con algo de gárgara y de silbido.

Las cosas, desde aquel momento, cambiaron....

Todo empezó por la sospecha (tal vez exagerada) de que 
los Dioses no sabían hablar. 

Siglos de vida fugitiva y feral habían atrofiado 
en ellos lo humano. 

La luna del Islam y la cruz de Roma habían sido 
implacables con esos prófugos. Frentes muy bajas, 
dentaduras amarillas, bigotes ralos de mulato o de 
chino y belfos bestiales publicaban la degeneración de la 
estirpe olímpica. Sus prendas no correspondían a una pobreza 
decorosa y decente sino al lujo malevo de los garitos y de los 
lupanares del Bajo. En un ojal sangraba un clavel; en un saco 
ajustado se adivinaba el bulto de una daga.

 Bruscamente sentimos que jugaban su última carta, 
que eran taimados, ignorantes y crueles como viejos 
animales de presa y que, si nos dejábamos ganar por 
el miedo o la lástima, acabarían por destruirnos.


Sacamos los pesados revólveres (de pronto hubo revólveres 
en el sueño) y alegremente dimos muerte a los dioses.
  Jorge Luis Borges "El Hacedor" 1960

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