domingo, 24 de mayo de 2015

VENTANAS ILUMINADAS

La otra noche me decía el amigo Feilberg, que es el coleccionista de las historias 
más raras que conozco:

-¿Usted no se ha fijado en las ventanas iluminadas a las tres de la mañana? 

Vea, allí tiene argumento para una nota curiosa.

Y de inmediato se internó en los recovecos de una historia que no hubiera 
despreciado Villiers de L'Isle Adam o Barbey de Aurevilly o el barbudo de 
Horacio Quiroga.
Una historia magnífica relacionada:

con una ventana iluminada a las tres de la: mañana.


Naturalmente, pensando después en las palabras de este amigo, llegué a la 
conclusión de que tenía razón, y no me extrañaría que don Ramón Gómez 
de la Serna hubiera utilizado este argumento para una de sus geniales 
greguerías.
Ciertamente, no hay nada más llamativo en el cubo negro de la no-1 che que 
ese rectángulo de luz amarilla, situado en una altura, entre el prodigio de 
las chimeneas bizcas y las nubes que van pasando por encima de la ciudad,
barridas como por un viento de maleficio.

¿Qué es lo que ocurre allí?

¿Cuántos crímenes se hubieran evitado si en ese momento en que la 
ventana se ilumina, hubiera subido a espiar ; un hombre?

¿Quiénes están allí adentro? ¿Jugadores, ladrones, suicidas, enfermos? 

¿Nace o muere alguien en ese lugar?


En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las 
azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se 
quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio.
Porque ya es la ventana de una buhardilla, una de esas ventanas de madera 
deshechas por el sol, ya es una ventana de hierro, cubierta de cortinados,
y que entre los visillos y las persianas deja entrever unas rayas de luz.

Y luego la sombra, el vigilante Ve se pasea abajo, los hombres que pasan de 
mal talante pensando en los líos que tendrán que solventar con sus respetables 
esposas, mientras que la ventana iluminada, falsa como mula bichoca, ofrece 
un refugio temporal, insinúa un escondite contra el aguacero de estupidez 
que se descarga sobre la ciudad en los tranvías retardados y crujientes.


Frecuentemente, esas piezas son parte integral de una casa de pensión, y no 
se reúnen en ellas ni asesinos ni suicidas, sino buenos muchachos que pasan 
el tiempo conversando mientras se calienta el agua para tomar mate.



Porque es curioso. 

Todo hombre que ha traspuesto la una de la madrugada,
considera la noche tan perdida, que ya es preferible pasarla de pie, 
conversando con un buen amigo. Es después del café; de las rondas 
por los cafetines turbios. Y juntos se encaminan para la pieza, donde, 
fatalmente, el que no la ocupa se recostará sobre la cama del amigo, 
mientras que el otro, cachazudamente, le prende fuego al calentador 
para preparar el agua para el mate.



Y mientras que sorben, charlan. Son las charlas interminables de las 
tres de la madrugada, las charlas de los hombres que, sintiendo cansado
el cuerpo, analizan los hechos del día con esa especie de fiebre lúcida 
y sin temperatura, que en la vigilia deja en las ideas una lucidez de delirio. 
Y el silencio que sube desde la calle, hace más lentas, más profundas, más 
deseadas las palabras.
Esa es la ventana cordial, que desde la calle mira el agente de la esquina, 
sabiendo que los que la ocupan son dos estudiantes eternos resolviendo un 
problema de metafísica del amor o recordando en confidencia hechos 
que no se pueden embuchar toda la noche.



Hay otra ventana que es tan cordial como ésta, y es la ventana del paisaje 
del bar tirolés .En todos los bares "imitación Munich" un pintor humorista y 
genial ha pintado unas escenas de burgos tiroleses o suizos. En todas estas
escenas aparecen ciudades con tejados y torres y vigas, con calles torcidas, 
con faroles cuyos pedestales se retuercen como una culebra, y abrazados
a ellos, fantásticos tudescos con medias verdes de turistas y un sombrerito
jovial, con la indispensable pluma.
Estos borrachos simpáticos, de cuyos bolsillos escapan golletes de botellas, 
miran con mirada lacrimosa a una señora obesa, apoyada en la ventana, 
cubierta de un extraordinario camisón, con cofia blanca, y que enarbola un 
tremendo garrote desde la altura.

La obesa señora de la ventana de las tres de la madrugada, tiene el semblante
de un carnicero, mientras que su cónyuge, con las piernas de alambre 
retorcido en torno del farol, trata de dulcificar a la poco amable "frau".


Pero la "frau" es inexorable como un beduino. Le dará una paliza a su marido.

La ventana triste de las tres de la madrugada, es la ventana del pobre,

la ventana de esos conventillos de tres pisos, y que, de pronto, al 
iluminarse bruscamente, lanza su resplandor en la noche como un quejido
de angustia, un llamado de socorro. Sin saber por qué se adivina, tras el súbito 
encendimiento, a un hombre que salta de la cama despavorido, a una madre 
que se inclina atormentada de sueño sobre una cuna; se adivina ese inesperado 
dolor de muelas que ha estallado en medio del sueño y que trastornará a un 
pobre diablo hasta el amanecer tras de las cortinas raídas de tanto usadas.



Ventana iluminada de las tres de la madrugada. 

Si se pudiera escribir todo lo que se oculta tras de tus vidrios biselados 
o rotos, se escribiría el más angustioso poema que conoce la humanidad. 
Inventores, rateros, poetas, jugadores, moribundos, triunfadores que
no pueden dormir de alegría. Cada ventana iluminada en la noche crecida, 
es una historia que aún no se ha escrito.


AGUASFUERTES PORTEÑAS

ROBERTO ARLT

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