martes, 5 de mayo de 2015

La HECHICERA, DIOSA del ARBOL

Decir mito es decir tragedia, o repetir una historia que ha variado 
según quien la relate. Los mitos fueron, son y seguirán siendo la 
única posibilidad de encontrarle algún sentido al sinsentido.
De antropomorfizar lo desconocido para que no resulte tan 
amenazador, de castigar o premiar eso que consideramos sagrado 
o profano. Pero los mitos no son verdades absolutas, sólo serán
creencias fundadas en el temor, la ignorancia o la esperanza
  El mito será patrimonio universal o no será, en ese caso lo 
reciclo y lo hago personal, ella es la Diosa del Arbol,
porque en todo árbol habitan dioses, ángeles o duendes. 

   Una mujer que prefiere la soledad siempre es motivo de sospecha, más
  si es bonita y conoce el poder sanador de las plantas. A ella acudían 
enfermos, parturientas y madres de hijos enfermos a pedirle un "yuyo" 
Todo era extraño en ella, nadie sabía de dónde había venido esa mujer 
con piel terrosa y ojos de color cielo, de pocas palabras. Su casita fue 
  refugio de gatos, búhos y de hombres con mal de amores que iban 
por las noches a preguntar su suerte. Nadie quería ser visto saliendo de 
la casa de la Bruja, aunque todo el pueblo la conocía y hablaba de ella, 
 o mejor dicho murmuraba. Así es un pueblo, frente a la dualidad del
milagro, es santa o bruja, no hay grises. Se venera o se condena. 
Y una noche un hombre muy enfermo fue a preguntar su suerte. 
Ella no pudo mentirle, él lo vió en sus ojos y se fue asustado, 
la mañana siguiente murió y nadie dudó de la culpable. 

Se inició la cacería, pero los búhos ya la habían alertado, cuando 
los hombres derribaron la puerta, la casa ya estaba vacía.  
La persecución duró toda la noche y los árboles agitaron sus ramas, 
las lechuzas y los gatos confundieron a los hombres con ruidos
parecidos al grito de una mujer asustada, pero esos gritos atizaron
el fuego de la ira que reclamaba un sacrificio. Nadie alzó la voz
para aplacar a los hombres que alguna vez sanaron con yuyos.
Ya clareando el día, con los primeros rayos del sol, sintió miedo
regó la tierra con sus lágrimas y abrazó a un árbol, tan fuerte 
como pudo, le dió las gracias por su bondad, por su indulgencia
y deseó tener su fuerza para darle refugio a aquellas criaturas a
las que tanto había amado. Cerró los ojos y esperó la muerte.   


No recordó más nada, cuando vió a los hombres a su lado quiso 
 correr pero no pudo. Y sin saber porqué ya no tuvo más miedo
 y entendió todo, comenzó a reir y agitó sus ramas. 

Los hombres la vieron en pie y huyeron despavoridos.   

Cuando volvieron al pueblo, nadie les creyó la historia de la bruja
Diosa, convertida en árbol que reía de ellos moviendo sus ramas.

El árbol de la Diosa sólo es visitado por los hombres y mujeres
de buen corazón, que se sientan a descansar bajo su sombra y
dejan como ofrenda de gratitud un abrazo y una buena 
historia para contar. 



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