domingo, 17 de enero de 2016

LAS RUINAS CIRCULARES III

Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren 
computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros 
a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un 
hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y 
de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del Dios.

Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego 
era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, 
apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo 
meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su 
condición de mero simulacro.


No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro 
hombre, ¡Qué humillación incomparable, qué vértigo! 

A todo padre le interesan los hijos que ha procreado 
(que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; 
es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, 
pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron 
algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota 
nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo 
que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las 
humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después 
la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace 
muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego 
fueron destruidas por el fuego. 

En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros 
el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las 
aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar 
su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los
jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos 
lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. 

Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él 
también era una apariencia, que otro estaba soñándolo


JORGE LUIS BORGES

FICCIONES 1944

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