lunes, 18 de enero de 2016

10 BENEFICIOS del ACEITE de MENTA

- Inhalarlo genera un inmediato bienestar

- Se utiliza para reducir el stress y el nerviosismo


- Ayuda a recuperarse de estados de agotamiento físico
y emocional

- Promueve buenas digestiones, especial para tratar
problemas de gastritis, úlceras, hígado graso e
intestino irritable

- En enjuagues bucales ayuda a prevenir caries
y mata a la bacteria que produce el mal aliento

- Estimula el sistema nervioso y alivia jaquecas,
dolores de cabeza e insomnios


- Es ideal para tratar problemas de mareo y vértigo

- Usado en forma externa actúa favorablemente
sobre problemas de piel como urticaria, psoriasis,
inflamaciones y picaduras

- Alivia los dolores articulares y musculares

- Calma las naúseas en embarazadas

domingo, 17 de enero de 2016

ALBORADA



GUSTAVO ADRIAN CERATI 

DANIEL MELERO


COLORES SANTOS 

LAS RUINAS CIRCULARES I

And if he left off
dreaming about
you...Through the
Looking-Glass, VI


Nadie lo vio desembarcar en la anónima noche, nadie vio la canoa 
de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días 
nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria 
era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco 
violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado 
de griego y donde es infrecuente la lepra. 

Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera 
sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le 
dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, 
hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, 
que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. 

Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, 
que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor 
de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. 
Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas 
habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza 
de la carne sino por determinación de la voluntad. 

Sabía que ese templo era el lugar que requería 
su invencible propósito; sabía que los árboles 
incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, 
las ruinas de otro templo propicio, también de dioses
incendiados y muertos; sabía que su inmediata 
obligación era el sueño. 

Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. 
Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que 
los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño 
y solicitaban su amparo o temían su magia.

Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho 
sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.

El propósito que lo guiaba no era imposible, 
aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: 
quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. 
Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; 
si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo 
de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía 
el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo
de mundo visible; la cercanía de los labradores también, 
porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. 

El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su 
cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron 
de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un 
anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: 
nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los 
últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, 
pero eran del todo precisas. 

El hombre les dictaba lecciones de anatomía, 
de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban 
con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, 
como si adivinaran la importancia de aquel examen, 
que redimiría a uno de ellos de su condición de vana 
apariencia y lo interpolaría en el mundo real. 

El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas
 de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, 
adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. 

Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que 
nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban 
con pasividad su doctrina y sí de aquellos que arriesgaban, 
a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos 
de amor y de buen afecto, no podían ascender a individuos; 
los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las 
tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de 
horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio
y se quedó con un solo alumno. 

Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos 
afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho 
tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo 
de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. 

Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió 
del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde 
que pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. 

Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio 
se abatía contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó 
entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente 
de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio 
y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste 
se deformó, se borró. 

En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira 
le quemaban los viejos ojos.

Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y 
vertiginosa que componen los sueños es el más arduo que puede 
acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden 
superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de 
arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un 
fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación 
que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo. 

Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas 
que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación 
de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho

razonable del día. .. 

LAS RUINAS CIRCULARES II

Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. 
Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. 
Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses 
planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. 

Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, 
color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara 
ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante 14 lúcidas noches. 

Cada noche, lo percibía con mayor vivencia. No lo tocaba: 
se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo 
con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias 
y muchos ángulos. La noche catorceava rozó la arteria pulmonar 
con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. 
El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: 
luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y 
emprendió la visión de otro de los órganos principales. 
Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo 
innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, 
un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía 
abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.

En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan 
un rojo Adán que no logra  ponerse de pie; tan inhábil, rudo 
y elemental como ese Adán de polvo, era el Adán de sueño que las 
noches del mago habían fabricado. 
Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, 
pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) 

 Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a 
los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, 
e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó 
con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo 
de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes
y también un toro, una rosa, una tempestad. 

Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego,
que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido 
sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, 
de suerte que todas las Criaturas excepto el Fuego mismo 
y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. 
Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviara 
al otro templo despedazado cuyas pirámides 
persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara 
en aquel edificio desierto. 

En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente 
abarcó dos años) a descubrirle los arcanos 
del universo y del culto del fuego. 

Intimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto 
de la necesidad pedagógica dilataba cada día las horas dedicadas 
al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. 

A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había 
acontecido... En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos 
pensaba: «Ahora estaré con mi hijo». O, más raramente: 
«El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy».

Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le 
ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, 
flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos 
análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura 
que su hijo estaba listo para nacer. Tal vez impaciente. 

Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos 
despojos blanquean río abajo, a muchas leguas de inextricable 
selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un 
fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) 
le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.


Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos 
de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, 
tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, 
en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, 
o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta 
palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente 
se nutría de esas disminuciones de su alma.

 El propósito de su vida estaba colmado; el hombre 
persistió en una suerte de éxtasis. ..

LAS RUINAS CIRCULARES III

Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren 
computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros 
a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un 
hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y 
de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del Dios.

Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego 
era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, 
apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo 
meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su 
condición de mero simulacro.


No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro 
hombre, ¡Qué humillación incomparable, qué vértigo! 

A todo padre le interesan los hijos que ha procreado 
(que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; 
es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, 
pensado entraña por entraña en mil y una noches secretas.

El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron 
algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota 
nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo 
que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las 
humaredas que herrumbraron el metal de las noches; después 
la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace 
muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego 
fueron destruidas por el fuego. 

En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros 
el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las 
aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar 
su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los
jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, éstos 
lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. 

Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él 
también era una apariencia, que otro estaba soñándolo


JORGE LUIS BORGES

FICCIONES 1944

Colaboradores