domingo, 17 de mayo de 2015

LA T R A M A

Para que su horror sea perfecto, César, acosado al pie de una 
estatua por los impacientes puñales de sus amigos, 
descubre entre las caras y los aceros la de 
Marco Junio Bruto, su protegido, acaso su hijo,
 y ya no se defiende y exclama: 

"¡Tú también, hijo mío!" 

Shakespeare y Quevedo recogen el patético grito. 


Al destino le agradan las repeticiones, las variantes, las simetrías; 


diecinueve siglos después, en el sur de la Provincia de Buenos Aires,
 un gaucho es agredido por otros gauchos y, al caer, 
reconoce a un ahijado suyo y le dice con mansa reconvención
 y lenta sorpresa 



(estas palabras hay que oírlas, no leerlas): "¡Pero, CHE!".


 Lo matan y no sabe que muere para que se repita una escena.


JORGE LUIS BORGES

EL HACEDOR

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